No soy un caballo

Por: Adrián Sack

Un campo de decenas de hectáreas con pulpería, establo, molino y un enorme tanque australiano entra todos los miércoles, y con toda comodidad, en tan solo quince metros cuadrados de escenario. Pero ese no es el único milagro que consigue en cada función No soy un caballo, sino tan solo el primero: la obra de Eduardo Pérez Winter, sin presupuesto escenográfico ni de vestuario alguno, también se las arregla –y muy bien– para repartir cuatro papeles protagónicos entre solo tres actores. Así, con la sola asistencia del oficio y de su propio entusiasmo, Walter Jakob, Francisco Egido y Diego Cremonesi prometen, cada semana, llevar la inmensidad de la llanura pampeana al salón de una vieja casona familiar de Monserrat.

Y si lo vienen cumpliendo desde hace cuatro años es porque también se acercan espectadores que están dispuestos a ver, entender, aceptar y disfrutar lo que hacen estos muchachos: puro teatro. O, quizá mejor dicho y con mayor precisión, teatro… en estado puro.

“Nosotros buscamos apropiarnos de todas las herramientas que tiene el teatro y no limitarnos solamente al texto, la iluminación o la escenografía, sino hacer arte dramático en amalgama. Es decir que partimos desde donde todos esos componentes están funcionando y, a partir de ahí, comenzamos a armar el texto escénico”, asegura Pérez Winter, quien también explica que la autoría de la obra es una creación colectiva de los cuatro y que procede, además, de sus propias experiencias e interacciones.

“Desde que nos juntamos por primera vez, en 2009, todos estuvimos viendo las mismas cosas y cocinando lo mismo. No estamos primero en el laboratorio, para llevarlo luego al escenario. Todo lo hacemos ahí y siempre entre todos”, afirma. Ese “todo” incluye el argumento de esta historia, que ya lleva más de 70 representaciones y que trata de la historia de Esteban (Cremonesi), un hombre que decide acudir a la compañía de sus amigos de la ciudad para visitar el campo de su difunto abuelo y decidir qué hacer con la herencia que dejó. En esa aventura, el refinado abogado Fernando (Egido) y su más mundano compinche Matías (Jakob) intentan compartir, cuando no imponer, sus puntos de vista sobre el tema que desvela a Esteban…, aunque el propósito de ese viaje termina por transformarse en un decorado más visible que el real para la historia y el sentido de su amistad.

El vínculo fraterno y los surcos arados por la confianza en la existencia de los personajes hunden sus raíces, también, en las vidas de carne y hueso de Jakob, Walter, Cremonesi y, por supuesto, Pérez Winter. Todos ellos son amigos gracias a la obra y, al mismo tiempo, gracias al señorial caserón porteño que hoy alberga a la sala Silencio de Negras, así como también a los trabajos, sueños y proyectos de los cuatro. “Hoy nosotros somos el grupo de gente que hace esta obra y, paralelamente, formamos la cooperativa que lleva este lugar y que surgió hace 10 años con el proyecto de encontrar un lugar para poder producir y apropiarnos de uno de los materiales importantísimos para el teatro, que es el espacio”, revela Jakob.

La sala, ubicada en el primer piso de Luis Sáenz Peña 663, poco parece haber cambiado en su apariencia desde que fue construida como salón o dormitorio hacia la década de 1870. Claro que, ya en la más temprana juventud, los ladrillos de este porteñísimo edificio se rebelaron contra su destino original de albergar las vivencias de las clases pudientes: la gran epidemia de fiebre amarilla, que diezmó la población de Buenos Aires durante la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento, vació esta enorme vivienda de sentido y de habitantes. En tropel, los ciudadanos más acaudalados de la entonces floreciente capital argentina emigraron hacia Palermo, Recoleta y Barrio Norte, para nunca más volver. Pero el éxodo no consiguió despojar a la vivienda de su pasado ni de su identidad, que fueron atesorados como valiosos bienes por Pérez Winter y los suyos en el momento de definir los lineamientos del espacio que buscaban crear. “Nosotros huíamos de los galpones, de los espacios negros o de falsa neutralidad, y en esa búsqueda nos encontramos con un lugar que tiene historia. Esto nos permitió darle vida a un lugar que ya la tuvo, y que tiene un inmenso pasado. Y nuestra idea de hacer teatro tiene que ver justamente con valorizar los materiales a partir de lo que ya están contando. No se trata de volver a cero, a la neutralidad, sino de hacer que el espacio cuente la historia con nosotros”, dice el director.

Silencio de Negras, convertida así por su naturaleza en el quinto personaje de la obra, les da la bienvenida a los espectadores con la promesa de un espectáculo alejado de todas las convenciones del ambiente del teatro. La calidez de la ambientación, enmarcada por elevados techos y marquetería de antaño, se puede beber también en la copa de vino que la compañía ofrece antes de entrar. “El lugar no solo tiene que ver con el proyecto, sino también con la historia de Buenos Aires.

Es una sala que no espera ser habilitada como teatro para incorporarse al circuito, ni estar homologada para funcionar como lo que está bien visto en este tipo de recintos, pero que a nosotros, sin dudas, nos estaba esperando”, observa Jakob. Diego Cremonesi, en tanto, también ve en este rincón de Monserrat un lugar inevitable de encuentro y de proyectos compartidos.

“Gracias a esa vida, a esa interacción con el espacio, nos fuimos conectando con otros artistas, escenógrafos, directores, iluminadores… De esa forma conocimos a la gente que hoy está en esta obra en particular, con un espacio muy pequeño, con gran proximidad con el público…, pero donde nos animamos a utilizar todos los recursos posibles para ampliarlo y poder recrear un gran campo pampeano, como sucede en No soy un caballo”, dice el actor platense.

La alusión a la “proximidad” entre elenco y público podría pecar de insuficiente, pero jamás de exagerada. La separación entre el escenario y la platea, hermanados por un único piso de parqué, es tan imaginaria como los caballos que acarician los personajes o las leguas que todos ellos recorren a menudo. En ese ambiente casi familiar, no pasa mucho tiempo para que los ambientes se agranden y los personajes se multipliquen.

“Cuanto más concreto y real es el espacio, más lejos se puede llegar con la imaginación. En esta obra hay algo: que todo está en la actuación, que es lo que define a la escenografía. Las cosas no son por cómo dijeron que iban a ser, sino por el uso que les damos”. La observación corresponde a Egido, quien con solo colocarse la mano sobre su nariz, y sin cambiar de vestuario, pasa de ser un abogado elegante a un viejo paisano que conoce todas las historias, aún las más extrañas, del finado abuelo de Esteban. Pérez Winter adora apelar todo el tiempo a este tipo de convenciones, que también forman parte del proceso de creación colectiva. “No trabajamos con un esquema rígido, en el cual un elemento escénico prima sobre el resto. Nos encontramos con unas particularidades que no están en otro lugar. Y esto nos hace mutar; por ejemplo: yo hoy lo estoy dirigiendo a Jakob en esta obra; hace unos días fui el iluminador de él en otra pieza; mañana voy a ser su actor en otra que está dirigiendo”, asegura el director.

El caso puntual de No soy un caballo no es una excepción: la pieza fue escrita por los tres, aunque Cremonesi reconoce que, en esta oportunidad, fue Pérez Winter el que condujo “la autoría con autoridad” y el que logró domar el caos que suele generar todo proceso creativo. Sin embargo, todos y cada uno en el elenco privilegian el sistema de trabajo en vez de fijarse en “quién fue” el padre de la criatura.

“Hay un trabajo dramatúrgico de Eduardo, pero todo se apoya en el objetivo de juntar a tres personas (que somos nosotros, que ni nos conocíamos) y empezar a ver qué surge. Así, de a poco apareció la idea de hacer algo en el campo, de tener convenciones para poder ampliar más el espacio y la cantidad de personajes. Es colectivo, ya que ha sido un juego de equipo y de ida y vuelta todo el tiempo, más allá de que el director, por supuesto, fue ordenando todo”, comenta.

La aventura pampeana del trío de amigos porteños no habría tenido lugar ni sentido de no existir, entre ellos y dentro de ellos, el espíritu del teatro independiente. “Esta obra está sostenida por un elenco profesional que decide hacer teatro en Monserrat cada miércoles por la noche…, y para eso, por ejemplo, Walter puso como condición poder volver desde el interior cuando filmaba una película muy importante para poder hacer la obra.

A nosotros nos mantiene un rito, casi ceremonial y religioso, de encontrarnos acá cada miércoles y que exista esta locura de que estemos en este lugar y que vengan a vernos”, comenta Pérez Winter. Jakob, tan consciente y feliz como su –esta vez– director, también reconoce que le resulta imprescindible encontrarse y reencontrarse todas la semanas en esa vieja casona con el arte salvaje y suelto que, al igual que Silencio de Negras, tampoco les pone límites a ellos. El espacio, autogestionado por todos ellos, nunca los va echar ni les va a sugerir ni imponer nada.

“Somos independientes, no hacemos esto por plata y, sobre todo, somos felices. Aunque eso no quiera decir que no nos preguntemos siempre: ‘¿Por qué no vamos a un teatro, por qué hacemos un teatro de una casa?’. Nuestra inteligencia nos dice que es ridículo…, pero acá pasan cosas que fundamos nosotros y que no evocamos. Es una práctica que nos entusiasma y nos enriquece, y que no queremos dejar de hacer, más allá de esta obra”. Pero las dudas se van tras una sola copa de vino y un baldazo –o varios– de teatro. De teatro en estado puro.

Leé Arlequín #8: http://bit.ly/ImOR7C

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