Leer

Por: Alan Pauls

Muchos escritores admiten que empezaron a escribir por una razón muy simple: para que los dejaran leer en paz. Cualquier niño lector conoce el problema. Por sensible que se a los valores de la cultura, el gremio de los adultos suele estar formateado por las mitologías de la acción, la “actividad”, la producción, y pocas imágenes le resultan tan impertinentes como la de un chico que lee, quieto, en silencio, en un rincón. Hay e esa imagen dos escándalos, dos desafíos intolerables: uno, la soberbia absoluta del niño (que no parece necesitar a nadie, nada que no sea su libro, y que se guarda para sí todo lo que consume al leerlo); dos, la evidencia de que no hay encanto en el mundo capaz de competir con el que irradian esos signos negros desde las páginas. Un niño lector representa una situación crítica siempre, incluso, o sobre todo, para aquellos adultos que protestan porque los niños –con su hiperquinesia, su descontrol, su dependencia- les hacen la vida imposible. Que descubran el vértigo inmóvil de la lectura y ya sus padres le caerán encima para hacerles la vida imposible. De ahí la gran bete noire que atormenta al niño lector: la interrupción.

Incapaz de oponerse abiertamente a la lectura (¿quién podría afrontar los costos de un comportamiento politicamente tan incorrecto?), el gremio adulto se dedica a interferirla. El sabotaje es variado y va del falso interés (“¿Qué estás leyendo?”) al simulacro del cuidado (“¿Tenés buena luz?”), pasando por la alarma ortopédica (“Si vas a leer al menos sentate derecho”) o la oftalmológica (“Si seguís así te vas a quemar las pestañas”). Todo niño lector tiene que ser un experto en autoblindajes o un escapista magistral. O un escritor. Porque –a diferencia de leer- escribir palabras sobre un papel es algo visible, ya es un hacer, una actividad, algo parecido a esa combinación de movimiento físico y gasto que los adultos identifican con el trabajo, y por eso es disculpable y se tolera, aun cuando implique grados de abstracción, silencio y secreta satisfacción parecidos a los que implica la lectura. Así, reconocido como escritor (como trabajador), el niño lector puede leer tranquilo, desviando para su propio provecho el razonamiento que adivina en los adultos: “Ya no lee porque sí, lee para poder escribir”.

Leé Arlequín #5: http://bit.ly/19Sj3Ch

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