Los 35 escalones (La galera)

Los padres fuimos Dora Sterman y yo. Gracias a que ella criticó severamente un trabajo mío, pudo gestarse una sociedad que decidió transitar el camino de la investigación de estilos y de contenidos para luego dar forma a un proyecto que todavía sigue vigente. En octubre de 1978, nacía el grupo La Galera… 35 años de trabajo.

Los primeros pasos nos encontraron configurados como todos los grupos de trabajo de la época: independientes, itinerantes, a merced de las salas que podían hacer espectáculos a la tarde (por supuesto, sin mover las luces ni desarmar la escenografía del espectáculo de la noche). En esas condiciones, transitamos nuestros primeros años y pasamos del Teatro de la Cortada (luego Parakultural, donde estrenamos Callejeando) al Teatro Olimpia, donde presentamos Piedra libre para mi ciudad y Romance de trovadores. Luego seguimos por el Teatro Popular de la Ciudad, que manejaban Virginia Lago y Onofre Lovero, la pequeña sala de la “SHA” donde estrenamos El Hado de Pistacho. Fundart, el Auditorio Bauen, el Teatro Liceo y una temporada en el Teatro Alvear; hasta que, en el año 1986, Kive Staiff nos convoca para hacer un espectáculo en el Teatro San Martín donde presentamos Yo así no juego más.

Pero recién en 1986, al alquilar un espacio en Corrientes y Mario Bravo, La Galera pudo empezar a gestar una forma distinta de hacer espectáculos. Allí nació nuestra primera sala y con ella las facilidades para hacer espectáculos sin depender de nadie. Quizás esta sea una de las razones de haber podido mantener tantos años de trabajo continuo: entender que debíamos generar acciones que fueran lo más ambiciosas y temerarias que se nos pudieran ocurrir, pero que a la vez debían tener un grado de factibilidad que permitiera embarcarnos en ellas. Ninguno de los proyectos encarados en nuestra historia puso en riesgo al grupo, y eso fue un signo de nuestro trabajo.

En esa sala de la calle Corrientes, transcurrieron 10 años difíciles, pero muy intensos. El grupo empezó a crecer y crecer. En ese período estrenamos El último cola de perro, Payasos de la galera, La pajarita de papel, Alicia un país de maravillas, Vecinos de cuna, Eclipse de amor, El pibe, El mago de Oz y tantas otras obras, algunas de las cuales, como Robin Hood, siguen formando parte de nuestro repertorio actual.

Las pautas fundamentales salvaguardaron el estilo de trabajo y, a pesar de las variaciones de lugares y públicos, mantuvieron inalterable la forma de contar nuestras historias: el juego como eje y las escenografías simples y prácticas con posibilidades de transformación. Sin dejar de pensar que fuimos, somos y seguiremos siendo un grupo itinerante, por lo que cada objeto que ponemos en el escenario debe poder ser trasladado a todos los lugares donde presentamos nuestras obras. Esos 10 años marcaron y afirmaron nuestra tendencia a un teatro cada vez más comprometido, pero, sin dudas, la nueva etapa terminaría por sellar el destino de La Galera.

En el año 1996 las cosas no iban bien económicamente. La situación general era compleja; y luego de 10 años de pagar puntualmente nuestro alquiler, nos enteramos de que a fin de año nos quedaríamos sin sala…, debíamos comenzar de nuevo. Sin dinero, recogimos el guante y redoblamos la apuesta comprando, a través de un crédito hipotecario, un antiguo taller mecánico con techo parabólico en la calle Humboldt 1591 (nuestra sede actual). Entonces, manos amigas nos pusieron en contacto con el verdadero artífice de este milagro, el arquitecto Hugo Picabea, quien, sin conocernos, con increíble predisposición y entrega, nos ayudó a diseñar nuestra sala y nos enseñó a construirla. Contratamos a dos “obreros”, mi hermano Claudio y mi cuñado Diego Hopson (los únicos que podíamos pagar), y junto a ellos empezamos a hacer todo lo que el arquitecto nos ordenaba; mientras tanto, Lali Lastra recorría la ciudad buscando los mejores precios de materiales, de objetos, de sanitarios, en fin, de todo lo necesario. Comenzamos los trabajos el 20 de diciembre (14 horas por día y, luego de eso, los ensayos) y finalizamos cuatro meses después. El 27 de marzo de 1997, inauguramos nuestro espacio (sala para 110 personas, tres baños, depósito, boletería, camarín, cabina de luces, vestuario y oficina) con el estreno de El payaso de Oz. A partir de ese momento todo cambió y para bien.

Tener una sala propia significa muchas cosas

Primero, “la sala propia” fue pensada para chicos, con una tribuna que trajimos de nuestra sala de Corrientes y Mario Bravo, con un hall ambientado para el público menudo, con toda la calidez que debe tener un espacio creado para niños, con un acceso sencillo y con la premisa de que se viera bien desde todos los lados. Luego,

“la sala propia” significó la prioridad del espectáculo infantil, pusimos el espacio y la técnica a nuestro servicio para producir espectáculos infantiles de primer nivel por sobre cualquier otra obra que se presentara en la sala. Y en esta nueva etapa, la maravillosa administración de Lali Lastra marcó el camino de la trasformación, porque muchas veces los líricos nos olvidamos de que para que podamos cumplir nuestros deseos tienen que existir los pragmáticos que marcan cuándo se puede y cuándo no se puede, y así, en menos de cinco años habíamos saldado el crédito y habíamos trasformado en propio nuestro teatro. Y fue también el impulso decisivo que necesitábamos para abrirnos camino en el exterior. La Galera comenzó entonces a presentar sus espectáculos en diversas partes del mundo. España nos recibió a lo largo de cinco años: realizamos doce giras con más de 350 funciones de Pido gancho, la historia de Carlitos y Violeta; Los abuelos no mienten; La arena y el agua; El Hado de Pistacho; y El payaso de Oz. En Montreal (Canadá), en México, en Venezuela, en Okinawa (Japón), en Francia (Lille y Dijón), pudimos mostrar nuestros trabajos, cosechamos premios y elogios, y fundamentalmente afirmamos nuestra idiosincrasia y nuestra identidad.

Muchas veces nos dijeron: “La Galera es una isla, es un lugar que no refleja la dureza del medio, donde las cosas parecen sencillas y donde todo parece posible”. Coincido con esas apreciaciones, pero para poder lograrlo ha sido necesario trabajar mucho y chocarse más de una vez contra la pared, pasar momentos complejos, difíciles, en los que hubo que reafirmar más que nunca nuestra identidad.

Hoy

El presente nos encuentra estrenando Maléfica, una bella en apuros y El secreto del abuelo. Además, tenemos en nuestro repertorio 18 espectáculos destinados a diferentes edades, cuatro elencos con 18 actores, 4 técnicos, 3 músicos, un excelente equipo de venta, un maravilloso equipo de realizadores (escenógrafos, vestuaristas, diseñadores) y una personalizada atención al público desde nuestras oficinas.

Leé Arlequín #8: http://bit.ly/ImOR7C

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