En lo versátil del oficio está el secreto

Observar la agenda de Omar Calicchio es comprender al instante dos cosas: primero, lo solicitado de su trabajo (protagonista de las obras teatrales Forever Young, Locos ReCuerdos y El cabaret de los hombres perdidos e integrante episódico del elenco de Solamente vos en Canal 13), y, luego, lo complejo que resulta ordenar los horarios cuando hay tanta y tan disímil demanda. En esta entrevista, Arlequín le propuso que hable a grabador abierto, y esto es lo que dijo:

Hoy en nuestro teatro hay que aprender a convivir con lo múltiple.

Hablo de todo, de los contenidos que uno lleva adelante y también del hecho de poner los proyectos en caja, de armonizar todas las actividades entre sí y también entre ellas y la vida privada de cada uno de nosotros. Es parte del aprendizaje, que puede llevar una vida entera. Hay que conocer las reglas del juego. Después, sí, más tarde, aparece el alma del actor. Cada lugar genera su magia y genera su código. Cuando voy al Cervantes a hacer Locos Recuerdos, el personaje se me instala apenas piso el teatro. Y lo mismo con las demás obras. Es algo casi misterioso que me hace cambiar en ese momento preciso y no en otro. La relación con el tiempo teatral no es fácil, soy muy organizado en mi caos. Es que siempre digo que trabajando con Pepito Cibrián hice una colimba de doce años. Saber decir “no” es muy importante… ¡y tan difícil! Hace días me llamaron de un festival de México con una oferta interesante, y, con esta agenda de locos que tengo, dije con dolor que no podía. Bueno, no es un problema tan grave, tampoco.

Lo más interesante (y por lejos) es el off.

Contiene todas las fortalezas y las debilidades del oficio. Por lo menos es lo que a mí más me moviliza. Las cooperativas que se arman, el espíritu independiente, la corriente que va en contra de la corriente (y por fuera de Corrientes), lo que indica que, si no hay, se inventa.

Acá se hace teatro sin saber si se va a ganar plata: se volantea, se arman salas de barrio, es pura garra. En el país el teatro es realmente popular. ¿De cuántas sociedades se puede decir lo mismo? Nosotros, con producción o sin ella, en el centro, en el off, en la provincia, hacemos algo con esto entre las manos. Los argentinos somos animales de teatro. En otro lado se necesita planificación, la aparición necesaria de un sponsor. Acá, en este momento de la entrevista, vos con tu lapicera y yo con este bolso nos podemos poner de acuerdo, hacer surgir una idea y armar un hecho teatral de la nada. A mí me apasiona observar la manera en que el público común visualiza lo que es un actor, sobre todo, si es de extracción teatral.

A pesar de la vitalidad con que cuenta el teatro, hay mucha pero mucha gente que solo cree que estás trabajando cuando estás en la televisión, y si no estás ahí cree que no estás en ningún lado. Alguna vez me dijeron “¿Y, Omar, cuándo vas a lo de Tinelli, así te conocen?”, como si fuera la única opción. Eso me revienta.

Toda la vida me la banqué sin eso y viví (y vivo) bien. No lo necesito. Me impresionaba en 2012, en Carlos Paz, cuando veía a María Rosa Fugazot tomando café en la peatonal, después de hacer la obra Venecia y no la saludaba nadie… Y al mismo tiempo veía cincuenta cámaras siguiendo a cada aparato…

El tema de la fama es complicado…

Hace un tiempo hice una temporada de verano con Ricardo Fort. A todos los mediáticos de la obra los esperaban afuera, y a mí solo me reconocían los nenes por mi paso en Chiquititas. Al terminar, me iba, solita mi alma, por un pasillo y saludaba a algunos chicos, nada más. Pero feliz. Solo quiero hacer un buen trabajo para poder seguir existiendo en un teatro como artista.

De los medios: cine, teatro o TV…

Algunos dicen que cada cual tiene una manera distinta de expresión, sin embargo, yo en la tele trabajo como en un teatro. Aunque se rían porque preparo los personajes en el estudio con la minuciosidad con que lo hago para el teatro. Soy un bicho raro allí; mis métodos son teatrales; y mi manera de acercarme a la criatura que tengo que desarrollar viene de esa escuela, no lo puedo evitar. Si tengo un personaje así de chiquito, no me importa, yo tengo que saber de dónde viene, qué le pasó, cuál es su entorno, hacia dónde apunta, cómo se vincula con los demás.

Nunca estudié teatro y cuando leo un guion me pasa que digo: “A esto lo siento o no lo siento”, y después las cosas fluyen solas. Admiro a Lía Jelín, porque trabaja con la duda, y la envidio con toda mi alma porque vivió intensamente la etapa del Di Tella, esa contracultura que no llegué a conocer. Algunas veces me preguntan si me considero heredero del ADN del café-concert que impulsó a Gasalla, a Edda Díaz, a Nacha Guevara y a tantos otros, y debo confesar que no lo sé, que puede ser y que ¡ojalá así sea! La generación de los sesenta y los setenta era tremenda, pero todos ellos se especializaban en una cosa: uno era actor, el otro bailaba, otro recitaba. Hoy priva cierta integralidad muy talentosa. Acá veo un matiz; todos sabemos hacer un poco de todo.

Tengo la suerte más grande que pueda tener un artista…

Trabajar en lo que me gusta: el teatro. En el mundo de la comedia musical argentina hay un gran crecimiento, hay algo muy nuestro que fluye, y yo me ubico ahí. Soy un actor de music hall, de musicales, ese es mi territorio. La tendencia es imparable. En ese perfil hay un camino de laburo muy interesante para los próximos años para muchos de nosotros. Hay mucho atrás, grandes maestros en donde nosotros, los actores, nos apoyamos. Ya sean colegas mayores o excelentes directores y autores que marcan pautas a quienes somos bichos de teatro. Siempre frágiles y necesitados de una orientación, una marcación, una puesta en contexto. Me gusta Alcón, claro. Recuerdo cierto momento cumbre de Norma Aleandro y Mercedes Morán en Agosto y, por supuesto, a Elena Tasisto. ¿Pero saben quién me voló la cabeza? Presten atención: voy un día a ver En boca cerrada, ese día el actor Tino Pascali hizo un reemplazo. Me acordaba de La tuerca, pensé hmmmm… ¡Y fue increíble! Hizo el personaje del viejo que aterrorizaba con solo una mirada, era paralizante. El prejuicio fue vencido por un actor que (y vuelvo al punto de partida) me mostró, otra vez, que en lo versátil del oficio está el secreto.

El cabaret de los hombres perdidos

Creo que es un musical muy muy distinto. Primero, por su estilo europeo; después, por su dramaturgia; y, por último, creo que porque está totalmente fuera de las reglas que tienen, por lo general, otros musicales. Un proyecto como este, de producción independiente y cooperativa, con nombres como Lía Jelín, Gonzalo Córdova, René Diviú, Jorge Schusseim y otros más, hace que este espectáculo sea de primera línea sin tener que envidiar nada a otras producciones.

Hacer El cabaret de los hombres perdidos –un musical con un contenido profundo– demuestra lo que a veces padecemos de la subestimación del género. Sobre su historia, su formato, su partitura, pienso en lo que dice Lía: “Este es un bombón envenenado”. ¡Ja!, me río, me río de nuevo… (y de qué carajo me río si la historia es una m…). Es un musical feroz. La experiencia es maravillosa, se ha subido a este barco gente que conozco desde hace mucho y que alguna vez me ha dicho “Cuando hagas algo, avisame”. Y así fue. Puedo contar con profesionales, amigos, una sala como Molière y hasta con su dueño, Juan Iacoponi, que se asocia a nosotros y tiene la camiseta puesta como cualquiera del equipo. Molière más que sala, es un hogar. Me nutre el estar dirigido por Lía. Amo trabajar con ella. Logra cosas nuevas en mí en cada proyecto, este es el segundo, y espero que sigamos trabajando juntos. Tiene una energía que nos recarga a todos. Escuché decir que “El humor es una desgracia vista con un poco de tiempo”. El humor en El cabaret de los hombres perdidos es cruel. Todo lo que causa humor es cruel: una caída, una desgracia, todos hacemos humor de la desgracia y hasta la música de la obra es ideal, porque es exquisita y es diversa.

Siento que como actor, al formar parte de esta obra, crezco y sigo andando. Nunca espero a que me llamen. En este país somos muchos los artistas y no hay trabajo para todos, y tampoco abundan las obras que requieran un barítono gordo como yo (¡ja!), entonces me lo invento, creo un unipersonal Made in Aryentina (como ya lo hice), o bien le meto pata a esta obra del off parisino: El cabaret de los hombres perdidos. Hay que hacer y apostar. Me encanta poder contar este proyecto como autogestión. Quiero transmitir eso a los jóvenes que vienen a vernos de diversas escuelas de comedia musical. Hay que autogestionarse, asociarse, juntarse, compartir, crear. Eso es arte y es amor. Eso nos une.

Leé la nueva Arlequín #8: http://bit.ly/ImOR7C

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