Sin celuloide, pero con tostados

Por: Daniel Burman

Un día le pedí que no me contara más cómo lo hacía. Trabajé con un excelente director de fotografía quien, cada vez que le pedía algún tratamiento de imagen especifico para tal o cual escena, disfrutaba explicándome detalladamente cuál era el procedimiento técnico que iba a utilizar. Me abrumaban tanto sus explicaciones que llegaba un punto en el cual me resultaba imposible seguir prestándole atención y, como en una pesadilla, su voz repiqueteaba distorsionada y alejaba a mi conciencia cada vez más del set (cada vez más de lo esencial). Un día le pedí que no me contara más cómo hacía lo que hacía. Que no perdamos el misterio. Entendí entonces por qué necesitaba mantenerme en una zona de cierta ignorancia. Necesitamos del misterio para establecer un proceso creativo con otro. Cuando el truco es revelado, ya no trabajás con la otra persona. Se empieza a trabajar con su técnica. Y nos aburrimos todos.

Por lo tanto, no creo en los métodos para dirigir actores ni tampoco deseo compartir sus herramientas. Por más que a veces trabaje con el mismo actor (inclusive con un personaje de similares características) en un nuevo proyecto, lo tomo como un Primer encuentro porque le doy crédito a las modificaciones a que ambos hemos sido sometidos en nuestra vida cotidiana por el paso del tiempo. Ante estas circunstancias que describo, de haberme atado a un método, el mismo se habría convertido sólo en una vaga referencia.

El primer encuentro: el detalle fatal Es inevitable. Tanto actores como directores hacemos un enorme esfuerzo en ese Primer encuentro para confirmar que tomamos la decisión correcta. Queremos corroborar que esa persona es el molde perfecto para calzar a nuestro personaje (y los actores, imagino, confirmar que están ante el proyecto soñado). Ese entusiasmo nos empaña la mirada e incluso nos ciega ante actitudes que en otra situación social juzgaríamos con severidad. Aquellos detalles del otro que nos incomodan en un Primer encuentro no suelen desaparecer por el mero paso del tiempo. Las nimiedades que nos causan inquietud en ese primer café en el que, generalmente, se hace entrega del guión, libro o libreto, nos vuelven con fuerza en los ensayos. Y ya no son expresiones curiosas de carácter sino que generan un esfuerzo extra en cada encuentro (molestas e irritantes) que se desarrollan y encallan constituyéndose en parte indivisible del vínculo.

Entonces llega el rodaje y aquel detalle menor estará presente en cada palabra y en cada gesto. La mayor parte de nuestra energía se desperdiciará en construir una zona común, un fino pasaje para llegar al otro evitando eso que tanto nos molesta de él. Será tarde, porque eso ya es parte constitutiva del otro y no podremos evitarlo. Sólo nos quedará (intentar) aceptarlo e incorporarlo al personaje mientras desperdiciamos nuestras fuerzas en sostener al vínculo a costa de la disminución del trabajo dramático.

No creo en el conflicto como método, ni en el maltrato como estilo. Hay pocos trabajos en el mundo tan placenteros como dirigir a un actor o componer un personaje. No encuentro, entonces, motivo para justificar en este ámbito ninguna conducta antisocial que no soportaría en un asado de domingo (o en una reunión de padres del colegio).

Sueños de un director

Hasta hace un tiempo, cada vez que me acercaba al inicio del rodaje de una película, un sueño recurrente me aterrorizaba por las noches:

Están todos en un decorado, en silencio, con la vista clavada sobre mi persona. Los “cámaras” y el director de fotografía (DF) esperando que les confirme el ángulo de la toma inicial. Los demás: técnicos, actores, choferes, maquilladoras, vestuaristas, etc., esperando una indicación, una seña, un parpadeo cómplice para ponerse en movimiento. En algún sueño, inclusive, el camarógrafo carga una cámara enorme y pesada en sus brazos, rogándome en silencio que indique una coordenada cualquiera porque ya no aguanta más sostenerla en el aire. Todo quieto, congelado o, a lo sumo, con la dinámica viscosa de una cámara lenta…

Hace unos años ese sueño me abandonó.

Convencí a mi subconsciente de que no importa dónde va la cámara, que no se preocupe, que la voy a poner en un lugar que no moleste a los actores y al primer ensayo ella misma sabrá dónde ubicarse. Entonces el sueño desapareció. Pensé que me había curado, pero no. Surgió otra pesadilla que se reitera ante la inminencia de un nuevo rodaje.

Estamos filmando en un espacio enorme, como ser, un gran estudio o el hall de un aeropuerto de esos que suelen alquilar por hora y modifican sustancialmente los presupuestos (lo que le agrega tensión a la duración del sueño). Está el equipo de rodaje y muchísimos extras que hablan entre sí a un volumen insoportable. Les pido silencio de un modo cortés pero no me escuchan. Vuelvo a hacerlo cada vez con más ímpetu hasta que grito desesperado. Nadie me escucha y siguen hablando. Mis gritos se tornan imprecisos, roncos, guturales y, ni por tan variados, logro que alguien o alguno los registre. Entonces digo algo así como:

– Ok, si no se callan levantamos el día de filmación y nos vamos todos.

Y entonces me escuchan y se levantan y abandonan el set. Quedan unos pocos, esta vez en silencio. Son muy pocos para poder hacer la escena pero los suficientes como para seguir filmando. “Hubiera sido mejor que se fueran todos” (pienso mientras sueño) para levantar el día de rodaje e irme a casa a soñar otro sueño.

Filmar con niños

Me aterra filmar con niños. Cada palabra, gesto o situación que se viva en un rodaje es un posible trauma en estos futuros adultos. Con los actores mayores no suele haber consecuencias. Si se equivocan en un texto, arruinan una secuencia o viven algún tipo de humillación pública ante el resto del equipo van a tender a olvidarlo o elaborarlo en forma de anécdota de sobremesa. Pero con los niños nunca se sabe. Voy a tientas, como en un campo minado, cuidando las formas y midiendo la huella que les voy dejando en sus discos de pasta.

En mi última película (La suerte en tus manos) tuve que armar una familia. Dos hermanos y un padre. En uno de los primeros encuentros pautamos trabajar sobre una escena en la cual todos juntos jugaban a componer una canción. Jorge Drexler (en el rol del padre) ya la había compuesto esa mañana. El desafío era que la primera estrofa surgiera del mismo juego con los niños. Empezaron a intercambiar palabras, rimas, y de a poco la canción tomó forma. Jorge los fue guiando de manera invisible, y los niños terminaron componiendo aquello que él mismo había creado horas antes. Tomé mi teléfono y empecé a grabarlos. Observaba cómo el simulacro de una familia generaba un momento de emoción real, quizá más real que la de muchas familias verdaderas. Entonces el niño me preguntó para qué los estaba grabando, si era material para la película. Sin pensarlo le contesté que no, que era sólo para no olvidar ese instante, para guardar el momento. (Ya no temo tanto filmar con niños. Es que también existen los buenos recuerdos)

El catering: el tostado asesino

Bien sabido es que un simple tostado de jamón y queso puede arruinarnos la mejor toma de una película. Pero no es el sándwich en sí, ni la calidad del pan o el punto justo del dorado. Es el momento que entra a escena. A todos nos gustan los tostados, es un placer universal, un combustible perfecto para calmar esa ansiedad que cunde en los rodajes. Pero el momento en que irrumpe esa bandeja debe ser controlado. A los tostados les gusta entrar en situaciones como la siguiente: estamos en el rodaje preparando un plano secuencia.

Imaginemos un recorrido cámara en mano, con un diálogo verborrágico y una compleja coreografía entre la cámara y el actor. Los ensayos se suceden y se marca una suerte de huella en el set, donde el actor se desliza y parece que a ese plano imposible sólo le falta ser capturado por la cámara. Nos acercamos por aproximación, está al alcance del lente, pero aún se escabulle. Y no queremos que se nos escape. Se ultiman los detalles. Un micrófono que se queda sin batería, una corbata fuera de centro a último momento. Estamos por atraparla. Se consigue ese silencio previo a largar toma. Todos en su posición. Y entonces irrumpe esa bandeja humeante. Todos dudan si es el momento, pero basta que uno lo haga y ver en su rostro iluminado el placer del carbohidrato para que todo colapse. Uno a uno irán tras ellos, y seguramente el último tostado será para el actor. Quien ya ha asumido que nadie seguirá adelante por más que él se mantenga a dieta. No es gula, es la necesidad de escaparse del desafío. Cuando todos vuelvan, aquella huella que logramos marcar se habrá desvanecido y tendremos que empezar de nuevo. Si sólo hubiera llegado 5 minutos más tarde, ese tostado habría sido la merecida recompensa luego de una lograda toma o, al menos, el descanso que necesitaríamos para reflexionar, mientras un interminable hilo de queso pendula entre nuestros labios. Pero no, la bandeja llega 5 minutos antes.

Podrá existir el cine sin celuloide, pero no sin tostados. Eso sí es un sueño imposible.

 

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