El mismo amor, el mismo cine

Por: Alberto Catena

Como hombre enamorado de su oficio, Campanella sabe que hay pocas cosas más placenteras para un creador que el pleno despliegue de sus energías, sobre todo cuando ellas tienen el ámbito propicio para expandirse. Y que, por paradójico que parezca, el verdadero reposo del guerrero-artista, más allá de los ocasionales y necesarios descansos físicos que pueda tomarse, se logra cuando los fantasmas de la invención han sido arrojados hacia el mundo, plasmados en la obra de arte.

Por lo tanto, mientras el creador tenga ideas y las propuestas de concretarlas sean las más aptas es difícil que su trabajo se detenga. Eso es lo que le ocurre al ganador absoluto del Oscar 2010 de la Academia de Hollywood a la mejor película de habla no inglesa por El secreto de sus ojos, entre muchas otras distinciones, e impulsor principal en 2011 de la excelente y multipremiada comedia televisiva El hombre de tu vida.

De esa pasión de Campanella por el cine, de cómo se formó y fue luego alimentada, de los lugares y experiencias donde le dio cauce y otros temas relacionados con ella, entre otros sus trabajos recientes y los que tiene en vista, trata esta nota. Dicho esto, aclaremos que Campanella no tiene el aspecto de un clásico guerrero. Más bien, su imagen es la de un hombre calmo y pacífico, amigo del diálogo y muy amable. Tal vez como herencia de su formación familiar, pero sin duda también como una forma lúcida de demostrar que las batallas más importantes de la vida se pueden pelear sin espadas ni armas, con el solo concurso de la sensibilidad y el buen ojo de la mente para penetrar en los misterios de la condición humana y el entorno que la condiciona.

Campanella nació en el año 1959. Y como hijo de su época, su formación profesional fue en los cines de barrio y por lo tanto muy ecléctica.

“La programación de esos cines, según me lo imagino ahora, se armaba con lo que se conseguía. No es que había un seleccionador, sino que el dueño acudía a sus proveedores y preguntaba: ‘Che, qué copia tenés para darme’. Siempre me acuerdo, y lo pongo como ejemplo, un doble programa en el que se mezclaba el Drácula interpretado por Christopher Lee y financiado por Producciones Hammer, con Infierno 17 de Billy Wilder, que era sobre un campo de concentración. Y las disfrutábamos a las dos. Las únicas películas que no gozábamos eran las aburridas. Es desde allí que yo hice mío el axioma de Frank Capra, quien dice que el cine no tiene reglas pero sí pecados y que el peor de ellos es aburrir”.

El director de El hijo de la novia afirma que la costumbre de ir a los cines de barrio era extraordinaria.

“Lamento que en este período de transición en el que estamos se haya perdido ese hábito. Yo mismo lo perdí y quisiera retomarlo, pero no encuentro películas para hacerlo. Hace algunos años que dicto un taller de cine junto con Aída Bortnik. Ella lo hace sobre guión y yo sobre estructura cinematográfica. Como parte de este trabajo les mostramos a los alumnos películas enteras en pantalla grande, en la sala de Metrovisión, que es la mejor de Buenos Aires. Lo primero que sorprende a los alumnos es la cantidad de buenas películas que no han visto. Lo segundo es que las pocas que vieron fueron en la tele- visión. Y al mirarlas de nuevo en pantalla grande dicen que las notan distintas a las que vieron. De modo que tengo la suerte de pertenecer a la última generación de argentinos que en la infancia vio cine en las viejas pantallas. La televisión fue también importante para nosotros, aunque en una experiencia distinta. De chiquito veía televisión en blanco y negro, pero eran básicamente las series dobladas al castellano. Y esa relación con la TV no me impedía el hábito de ir al cine.”

En relación al cine argentino, Campanella confiesa que era también parte de sus elecciones de la infancia y comienzos de la adolescencia:

“En los primeros años de los setenta veía mucho cine del país. En el ‘Roxy’, de Vicente López, se daban los dobles programas a los que me refería y que cambiaban los lunes, martes, miércoles, jueves y fines de semana. Eran cinco programas distintos. Y enfrente estaba el ‘Avenida’, dedicado a proyectar películas nacionales. Era raro que no hubiera cada semana un estreno, al que se sumaba una repetición. Así que vi un montón de películas, entre ellas las de Palito Ortega o las de Luis Sandrini, que me encantaban. El cine argentino más viejo se veía en televisión, en copias que todavía no estaban tan destruidas y permitían entender lo que se decía. Creo que una tarea pendiente es la restauración de las películas populares del país”.

Es decir que hasta los 12 años y un poco más, sobre todo, presenció cine argentino y norteamericano. Del francés recuerda a Louis de Funès, que le gustaba mucho. Y poco cine italiano.

“La comedia de ese país, que fue luego la que mayor influencia tuvo en mi formación, empecé a verla al salir de la adolescencia, pero poco porque era casi toda prohibida para menores de 18 años en la Argentina. Y entre esta edad y los 24 años, que fue cuando me fui a los Estados Unidos, estaba la dictadura, que prohibía o cortaba todo. Por paradójico que parezca, al cine italiano lo descubrí completo en el país del norte. Por 1983, año en que viajé, Nueva York tenía un montón de salas como la de la cinemateca del Lugones acá. Y allí descubrí una mina de oro del cine clásico y viejo. Entre 1983 y 1988 debo haber visto 3 a 4 mil películas. Y muchísimas me pegaron con todo. Fellini, hablando de los directores italianos y aunque suene raro lo que digo, me influenció en su estilo, no en lo visual. Él era mucho más que un loco y que un genio visual. Sobre todo me identifico con la primera parte de su producción y Amarcord. Pero, claro, hubo otros grandes directores de esa época en el cine italiano que admiré: Ettore Scola, Mario Monicelli, Dino Risi, Luigi Comencini.

Era un cine extraordinario, sus películas, para decirlo de un modo gráfico, hacían reír y llorar al espectador, se relacionaban con él de una manera personal, casi fisiológica, le sacaban adrenalina, lágrimas y lo hacían reír hasta el dolor de estómago. En cambio, no me gusta Nanni Moretti. En Estados Unidos discutía con los jóvenes estudiantes italianos de cine, a quienes les gustaba mucho Moretti y me recomendaban La misa terminada, que me parecía una porquería. Y en cambio renegaban de En nombre del Papa Rey, de Luigi Magni, que para mí fue una de las mejores películas que vi en mi vida”.

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Refiriéndose a su decisión de irse a estudiar cine a los Estados Unidos, Campanella comenta:

“Todavía creo que el cine norteamericano de los años setenta es el mejor cine de la historia. Entonces fui al lugar donde juzgaba que se hacía el mejor cine de la historia y el que más me gustaba a mí. Y de hecho aprendí muchísimo. De esa época diría que los directores eran casi todos buenos: Martin Scorsese, Francis Ford Coppola, Milos Forman, Sydney Lumet, Alan Pakula, William Friedkin (el de Con- tacto en Francia) y varios otros. Aún las comedias eran brillantes. Recordemos las de ¿Y dónde está el piloto?, de Jim Abrahams y David y Jerry Zucker, o las que hacía Mel Brooks.

Lo bueno que tienen los yanquis, y de eso soy testigo porque lo viví, es que aprenden de sus antecesores, toman lo bueno de ellos y sobre eso construyen. Al revés de lo que sucede acá, donde siempre estamos empezando de nuevo. El cine de los setenta tenía una observación aguda del ser humano, se inspiraba en la vida real y contaba sus conflictos. La tensión dramática importaba mucho y sabían narrar sin duda. Después el cine comenzó a cambiar, a tomar un cariz autorreferencial. Los personajes comienzan a hacer parodias o a inspirarse en modelos de otra época, que es lo que ocurre con Quentin Tarantino. Las películas de este director son un permanente homenaje al cine, pero de la vida real nada. Es un cine que ha perdido su poder de observación. Yo veo ahora filmes de Sarah Jessica Parker o Jennifer Aniston y carecen realmente de gracia.

Y es que los buenos escritores se fugaron en masa a la televisión, que en Estados Unidos está pasando por su mejor momento. La industria quedó en manos de los ejecutivos, personas que vienen de las escuelas de marketing, que no quieren al cine ni saben nada de él. Por eso, el cine de los Estados Unidos es hoy exitoso pero irrelevante en lo cultural y al hablar de eso me refiero a la cultura popular”.

¿En qué medida en ese país se impuso del todo el negocio?, preguntamos al director de El hijo de la novia y Luna de Avellaneda.

“Negocio fue siempre. Pero no es lo mismo el pizzero que tiene el orgullo de que la pizza le salga bien que aquel que piensa nada más que en facturar y entonces pone el queso y la anchoa más baratos. Además, volviendo a las virtudes del cine de los setenta, era su capacidad de riesgo. Era un cine impredecible. El espectador no sabía cómo terminaba la película, podía terminar mal. En estos días, eso es impensable.

El proceso de desarrollo de una película (y lo he vivido) se analiza con microscopio en busca de cualquier partícula en el guión que pueda ofender a alguna persona. Y si se encuentra esa partícula se saca. Entonces, lo que se hace no ofende a nadie, pero tampoco apasiona. Ese cine es una mierda, y lo digo así porque estoy cansando de usar eufemismos”.

En una entrevista anterior, Campanella hablaba de una fuerte tendencia al desprecio del guión en el nuevo cine argentino. La pregunta es si eso continúa así o está cambiando.

“A mí me da la impresión que se está re- formulando un poco. Los procesos no ocurren en un año, ni en seis meses. Pero me parece que se está cayendo la idea de que para hacer un buen cine hay que filmar como Kim Ki-duk (director cinematográfico surcoreano). Existe una película argentina que considero que es como un trabajo bisagra, El estudiante, de Santiago Mitre. Es una película que viene del palo del nuevo cine, una producción por completo independiente y hecha por gente muy representativa de ese movimiento. Es una obra con mucha tensión, que parece de los setenta, lo que significa el halago más grande que se le pueda hacer a una película. Y, realmente, funciona”.

Aludiendo a las miniseries de trece capítulos realizadas a través de los concursos convocados por el INCAA, comenta:

“A mí me parece que en lo artístico el balance de este primer año no es bueno. Se valora la intención y el hecho de haber dado más ocupación al sector, pero el saldo artístico y de repercusión en la audiencia no es positivo. Los presupuestos son toda- vía muy chicos y se debió filmar con muchas limitaciones y a los apurones. Y en dos días no se puede hacer algo bueno, es difícil pegarla. Por ahí, con un gran guión que transcurra en una habitación y con actores que hayan ensayado mucho, pueda salir todo bien en una toma. Se puede dar ese alineamiento de planetas y sale una obra genial en dos días, pero, no jodamos, en general no es así. Y después, salvo en el caso de Los sónicos, que fue lo mejor de esta primera horneada, primó más el interés de bajar línea que el de hacer buenos programas. Lo peligroso de esas experiencias es que puedan dejar un mal sabor de boca en el público que lo lleve luego a ignorar otros intentos superadores”.

Campanella supone que Memorias de un wing derecho le llevará un año y medio más terminarla. Y aclara que no tiene todavía un guión para una nueva película, pero no siente presión por ello. Suele tomar- se tiempo entre un largometraje y otro. Entre Luna de Avellaneda y El secreto de sus ojos pasaron cinco años. Y ésta última la filmó hace ya tres años. En ese intervalo ha trabajado en televisión y está ahora con el filme de dibujos animados. También le propusieron otros trabajos en el exterior, donde ya hizo varias cosas, pero las rechazó. Algunas de las razones por las que lo hizo:

“Bueno, me tenté con hacer algún capítulo más de Doctor House, porque esta será la última temporada y el equipo de trabajo es genial. Tendría que haber ido en enero pasado pero dije que no porque me metí con El hombre de tu vida. Además me ofrecieron varios proyectos de Estados Unidos, pero son películas del tenor actual. Proyectos enormes de doscientos millones de dólares como Terminator 5 o Los Cuatro Fantásticos 3 y otros de la misma naturaleza con personajes no tan conocidos. Y la verdad es que no tengo problemas en meterme en uno de estos proyectos si los guiones son de calidad, pero son como refritos, siempre lo mismo. Y exigen mucho trabajo. Es difícil hacer estas películas. Y la verdad que hacerlas sólo por la plata, porque me pagan bien, no es ya suficiente estímulo para mí. El amor es algo que quema cuando te toca. Y yo quiero que me chamusquen un poquito. Le dice Laura a Jorge en El mismo amor, la misma lluvia… Esas películas de Hollywood no chamuscaban ni un poquito”.

 

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